lunes, 10 de enero de 2011

Iván es el hijo mayor de una familia trabajadora. Tiene veintisiete años y una altura que se define incómoda para bailar e, incluso, para hacer deportes. De ahí es que los amigos le dicen “Lungo”. Es rubio y tiene rulos pero los disimula un corte de pelo moderno al mejor estilo Gonzalo Heredia. Siempre fue buen alumno en el colegio, aunque le gustaba mucho llamar la atención. Trabaja en una fábrica de pegamento. Su trabajo le gusta porque tiene el control de las cosas. Es medido para hablar. Se levanta siempre de mal humor, sobre todo los lunes. Estudia arquitectura desde hace cinco años, le falta poco para recibirse pero sabe que es muy malo con los planos y le aburre muchísimo pensar en una vida entera haciéndolos. Además, tampoco tiene en claro qué haría en el caso de abandonar. Ricardo, padre de Iván, es un tipo de oficio, electricista de los buenos, de los que ya no hay. La mamá de Iván, le acomoda todas las noches la “ropa de ir a trabajar” sobre la silla que tiene al pie de la cama.
Franzisca caminó doce cuadras de la estación policial al consultorio de su terapeuta. Tocó el portero y esperó, pacientemente, que le abran la puerta. Tuvo, por largo rato, la misma extraña sensación que cuando sale del cine. Ese primer rechazo a la realidad, que te hace sentir que los ojos se te hunden cuando prenden la luz de sala. Se acomodó y saludó sin contestar, haciendo un gesto tímido con la cabeza. Empezó hablando, como siempre, de trabajo, de sus compañeros. Hizo un silencio. Se sintió incómoda, acusada. Se defendió. Dijo que iba despacio, tranquila, que llovía, esa mujer estaba nerviosa, se le atravesó, y "hay gente que necesita pelear porque esta aburrida". Ella no quiso que esa mujer subiera a su auto pero le fue imposible emitir una palabra, tuvo miedo, no le salió absolutamente nada. Contó que estaba abrumada, que aún se sentía así. Que no sabía si, en verdad, era una sensación anterior al choque. Pero, al final, pudo decir, con un hilo de voz, que ahora sabía lo que quería. Qué terrible le parecía que esta mujer, sin modales, y en sólo diez minutos, la despierte, le sacuda la vida, le arranque la posibilidad de fingir. Esta extraña, le dijo a la cara, que lo que ella tenía no era amor.
No. Un no gigante, así, con todas las letras; N- O, no. No me insistas más. Bueno, esta bien, un beso. Ya está, ¿listo? ¿Estás contento ahora? Dejame tranquila, por favor. Sabés que sí te quiero. No me toques, si me tocás grito, te lo juro. No me importa que venga tu mamá, no me importa si le tengo que explicar que grité porque me estás queriendo tocar. Dale, no seas así. Ya está, ¿no te dás cuenta? Estoy con otra persona, ¿está bien? es eso. No quiero arruinar las cosas con él. ¿Qué? ¿Te ofendés? Buenísimo, ahora paso a ser yo la hija de puta, después de todo lo que me hiciste vos a mí. No me voy a ir, no me importa que no quieras hablarme. Mirame, esperá, no te vayas, dale, si sabés que te amo, perdón, es que sufrí tanto. No te vayas, mirá, me puse el corpiño que te gusta, dale. ¡DIEGO, PARÁ, NO SEAS ASÍ! Ay, hola Martha, ¿Cómo estás?, ¿qué tal, Raúl? perdón, vieron como es Diego, se ofende, me deja hablando sola. ¡Qué vergüenza! perdón, salí así porque se me cayó un té encima de la remera y me estaba quemando. No, Martha, dejá no hace falta, la taza ya la lavé. Por la remera no te preocupes. Me voy. Gracias. Ay, sí, tenés razón, sigo en corpiño. Perdón, Martha pero ¿me queda feo? ay, ya sé, nada que ver preguntarte algo así pero ¿me hace buenas tetas? sí, tenés razón, Martha, mejor me voy. Decile a Diego que me llame.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

En nada

Paula y Diego están abrazados en el sillón del living frente a la tele encendida. Paula mira a Diego, Diego mira el techo.

Paula: ¿En qué pensás?
Diego: En nada, no estaba pensando en nada.
Paula: ¿Nada? ¡Qué raro! Yo nunca puedo pensar en nada, incluso cuando quiero pensar en nada pienso en algo.
Diego: ¿Y qué pensabas?
(Paula hace gesto de no entender)
Recién, ¿qué pensabas? Antes de preguntarme…
Paula: Pensaba en qué estabas pensando vos
Diego: ¿Y qué pensabas?
Paula: Eso.
Diego: Bueno, pero qué se te ocurría, en qué tengo que pensar para vos.
Paula: no, no sé en qué pero en algo, seguro.
Es una casa sin terminar en el campo. Tiene algunas paredes enteras y otras a media altura, no hay techo, tampoco pisos. El sol entra pleno por los huecos y aberturas de ventanas sin colocar. Estoy arrodillada, con mi vestido blanco que me tapa los tobillos, en medio de una de las habitaciones. Ahí mismo, mis manos cavan un pozo en la tierra. Tengo las uñas y los dedos llenos de barro. Veo la fuerza que hago mientras saco piedras y basuras. Hay un fondo al que no llego nunca. Revuelvo, remuevo, nada. Tengo un gesto de angustia y una sensación liberadora al mismo tiempo. Algo pasa pero no sucede, se esfuma, se evapora. Me aburro de la búsqueda desesperada. Me paro. Recorro el cuarto en sus cuatro esquinas, vuelvo al centro, levanto la mirada, repaso con la vista los colores; arriba cielo celeste y nubes blancas, abajo los verdes y marrones que trae el suelo, todo está en orden. ¿Entonces? ¿De dónde viene la rareza? Quiero mirar al sol de frente. Salgo por una de las “puertaventanahueco”. Me siento en el pasto. Miro hacia la ruta. No pasan autos, no pasa gente. Prendo un cigarrillo. Pienso en todo lo que pasó. Me acuerdo de la mañana y el ring del teléfono que me despertó. Me acuerdo de no entender nada, de no saber dónde estaba. De querer que venga mi mamá rápido a abrazarme fuerte. De pedírles por favor hablar con ella, por favor. De no querer más habitar mi cuerpo, de las ganas de mudarme de mi misma, de vaciarme de recuerdos la cabeza. Me acuerdo de las caras de todos y del miedo, que no se fue nunca.

sábado, 11 de diciembre de 2010

the hardest part

Levantarme a la mañana y saber, sin necesidad de análisis, que no voy a saber de vos. Un día más que me entierra, mucho más profundo, el puñal en la herida de muerte. Me baño, me peino, me visto, trabajo, salgo todas las noches, hablo, me río y estoy con gente. Me pregunto si nadie, en todos esos espacios, se da cuenta que cada minuto que pasa me muero un poco más. Cómo me duele tener la razón. No ser la mujer/el amor de tu vida es la peor verdad que me escupe el mundo todos los lunesmartesmiercolesjuevesviernessabadosdomingos que no llamás, que no escribís para decirme quiero que estemos juntos. Me dicen que eso debería consolarme, saber que no volvés es saber que no me querías lo suficiente, es cierto, pero no me consuela, me entristece, me rompe a la mitad. Las horas se agolpan en la puerta del futúro que, creí, teníamos juntos, y ya no puedo ver nada.
Quería hacerte feliz, cuidarte siempre. Quise creer en el cuento para los mellizos, las comidas y las noches. Quise creer en todo lo que me decías. Acá estoy. No pasa nada.
Estás haciendo tu vida, no quería enterarme, te pedí por dios no enterarme, no quería saber nada de darwin ni de vos con cualquiera que no fuese yo. Por algún motivo creo que me hiciste saber; para alejarte(me) más.
Mi vecina vocaliza con el piano y yo estoy sin voz hace diez días. Diez días que no me sale la voz y pienso en lo poético y psicológico del hecho. Creo que me atraganté quince días las ganas de decir "mejor quedate conmigo y dame lo que puedas" pero lo termino de escribir y sé que no es así.
Cómo quiero pensar que vamos a estar juntos, abrazados toda la noche aunque nos duelan los brazos y nos de calor.
And the hardest part
Was letting go not taking part
You really broke my heart